domingo, mayo 03, 2009

Un puñado de arena.

En su juego no hay ganadores. El cuervo viene a cantar sobrevolando la feria patronal y no cesa. Alguien grita que se calle. Pero no me inmuto. Conozco esa voz desde hace mucho tiempo. En el parque hay un solo banco vacío frente a la fuente de la glorieta en donde los peces se mueven, esta vez en dirección contraria. Me siento en ese banco y pretendo ser uno más, como los otros.

El tiempo engaña. Ya es tarde, todos se han ido. Los he visto irse con cara de preocupados al terminar la feria, como si la ilusión se cifrara en esas dos o tres horas que no volverán a repetirse.

En la calle solitaria, un perro duerme a sus anchas sobre el pasto baldío. Ni siquiera repara en el ruido de mis mocasines que retumban y se dispersan a toda dirección. Alguien silba desde una ventana. Puede ser una mujer que, desvelada, se consuela a sí misma y silba en vez de llorar. O puede ser un hombre a quien ya no le interesa la tibieza del cuerpo de su mujer a esa hora de la madrugada.

Allá arriba, la luna aguarda el amanecer, cansada de ser la diosa perpetua de mendigos y trasnochados, de borrachos y prostitutas. Aquí abajo, voy camino al mar en busca de un puñado de arena húmeda que haya dejado esta noche la marea alta.

Aunque sabe que no me inmuto, el cuervo sigue desesperando el viento, sobrevuela los árboles más altos, a ver si caigo en su trampa, a ver si me arrepiento de seguir la corazonada que me persigue desde niño. Como ya he jugado su juego, no me apetece servirle de víctima.

Al doblar la esquina octava, un enjambre de ideas aletean, golpean, azuzan mi memoria: 'El candado que quizas dejé abierto. El reloj que se ha extraviado. El poema que ha desaparecido de mis apuntes. La licencia de conducir vencida. La cita de pasado mañana con el neurólogo." Y sigo caminando. Nada me detiene ni me inmuta.

Ya puedo ve el mar esperándome: calmo, irresistible. Da gusto perderse en el juego ondulado de sus aguas, en el oleaje de la marea baja. El tiempo se puede atrapar bien fácil en un simple puñado de arena húmeda.

miércoles, abril 29, 2009

Elegía

(Supimos la noticia)
A Victor Cabrera


Era ella y el capullo que brota y nunca muere.
Era la savia que no cesa de brotar de una sonrisa.
el cariño disfrazado de canción de cuna.

Era la luz que ahuyentaba el tedio.
Veleta que tutelaba atardeceres,
Sol que pernoctaba en tus vitrales.

Era en ti, lo que nadie fue jamás.
Era en tu amor lo que nadie atesoró.
Era en su voz donde se multiplicaba
el eco de tus sueños.

¿Se apaga el candelabro?
¿Se muere el capullo?
¿Se seca la flor del ventanal?

No hay otro consuelo que el recuerdo,
No hay otra luna que cuente las quimeras,
Ni otra sirena que dormite en el sofá.

Queda la piel, queda la espina.
Queda el jardín que no florece.
La hojarasca en el rincón de sus amores.
Queda la casa huérfana, sin ventanas.

Muéstrame tu herida, peregrino.
Acaso no sabemos de donde viene la voz del viento
en las tormentas estibales,
cómo es la noche si no la tocan tus temores.

Qué de ausencias sabe nadie.
Qué de poemas sin motivos.
Qué de futuro sin aquella risa.

Acaso no sabremos lo que esconde el polvo,
O si la tierra también clama con nosotros,
O si la cruz sabe al dedillo el origen de una lágrima.

Y ahora, que suelten las palomas,
Que canten los vagabundos frente al monumento,
Que multipliquen los pinceles,
Que rompan los mapas y oculten odiseas,
Que arropen al canario azul.

No hay corazón que tema la locura,
Pero hay ausencias en abecedarios de otras lenguas,
Uno lo sabe, uno lo entiende.

Pero dadme una voz que nunca se atragante.
Dadme un puñado de hojas secas,
para contar los dias.
Quiero saber si el tiempo sabe callar lo que no debe.

Y tú, amigo. Y tú.
Cómo quitarle ojos a tu alcoba.
Cómo abres las cortinas sin presagios.
Cómo buscas fechas desde un calendario roto.
Cómo cierras aquella puerta con la misma llave.

No lo sé.
Ya ves, un verso solo es un verso.
Una vida es otro enigma pendiente
Que nunca quizás descifraremos.

Decirte lo siento, puede ser un epitafio inerme.
O una copla de resignación entre los labios
Que no cese, ni pare de cantarse.

Y ahora, el silencio asecha.
El cáliz se bebe a cuentagotas.
Pero sospecho que ya nada te sorprende.

martes, marzo 17, 2009

El milagro

A Tony

Te levantas, desayunas.
El día tiene premoniciones que circulan por tus dedos.

Hemos dormido,
pero la noche no tiene memoria
del sol, ni de la luna.

Hemos borrado mapas, calendarios,
fronteras.
No conocemos el desierto,
pero sí la arena del tiempo
en la pecera rota por accidente.

Estamos despiertos, vigilantes.
Ahora debemos esperar,
el naufragio termina, pero
la tierra del promontorio
nos niega asilo.

Al atardecer,
se cuentan las hojas,
las nubes, las piedras.
Contamos al reverso,
para no errar.

Esperamos otro amanecer,
que no muera de fatiga
ante el imperio de la noche.

Talvez mañana suceda el milagro.

domingo, marzo 08, 2009

Lo que no es.




No es la aguja, es el hilo del dolor el que cruza, cose,
sutura y cierra lo que jamás será piel o tela virgen.

No es el águila, son sus alas, las que vuelan al cielo alto
donde la carroña no puede llegar con olor a muerte y podredumbre.

No es la balanza la que pesa, es el balance de los años
vividos en vano, el amor hecho carnaval para difuntos,
la bondad disfrazada de mortaja.

No es el grito, es la vena aorta que busca escapar a su destino
de conducto aprisionado.

No es el odio. Es la sangre que no fluye y se hace azul
de tanto ser tentada por el ego.

No es la muerte, es el silencio de los culpables,
el miedo a los ojos huecos, el pelotón de fusilamiento
en el cementerio de la plaza sésamo, el panegírico
de las flores, el primer puñado de tierra
sobre el ataud, la cruz abandonada a su suerte y a la herradumbre.

No es la lágrima, es la mano cerrada,
que oculta huellas digitales de otro paralelo,
los ojos que no saben distinguir entre cobardia
y heroísmo, entre niebla y lontananza.


No sé.
Nunca he sabido.
Ni lo sospecho, ni lo entiendo.
Pero sé de abismos en la montaña
donde DEAMBULAN fantasmas
con el corazon atravesado
por estacas de odio,
atajados por angeles de luz.

martes, febrero 12, 2008

La Parábola de Karen Olivo: El Poeta y La Palabra.



Hay algo ya de hermandad,( y complicidad talvez), entre La Poesía y una mujer insular, olorosa a tropicalidad y exotismo caribeño, tallada toda en piel morena y dotada de una sempiterna y encantadora sonrisa , a quien simplemente conocemos con el nombre de Karen Olivo.

Sucede que Karen ha venido jugando de mano de La Poesía, desde hace un buen tiempo. Primero, entre retozos y coqueteos, entres frases pícaras y versos emocionados, entre la inocencia limpia vestida de quimera o ciertas lagrimitas azules salpicando el vestido tul de sus ilusiones.

Esa Karen ya ha crecido. Es decir: De doncella se ha tornado en mayorcita y ahora es toda una mujer de pies a cabeza, por fuera y por dentro, pero también se ha trocado, en algo así como "la musa de sí misma", ni más ni menos.
Karen ya no persigue como antes al poema, ahora dicho duende le persigue a ella, le busca infatigable dondequiera que esté. Sospechamos que con deseos de verse liberada del tedio, y de que Karen haga olvidarle todas esas emociones cursi-desechables, las frases hechas y suspiros harto predecibles que tantos otros le dedican.

Y es así como esa complicidad surgida entre las las dos, se ha vuelto acto de fe, trueque de ganancia biunívoca, pequeño milagro en el misterio, memoria musical en las palabras que montadas en corceles de unicornios blancos, vuelan regando semillas de luz, ecos de ensueño de norte a sur, de este a oeste, y desde cualquier punto cardinal hacia el infinito todo.

Moraleja:
El poeta nace y se hace. El poeta crece poco a poco con la palabra, la desnuda y la conoce, nos la descubre tal como es, en todos sus misterios y delirios, en todo cuanto sentimos y somos incapaces de adivinar e imaginar. El poeta es pues, el poema, y ese poema se trueca a su vez, en razón de ser y de vivir en la propia existencia del poeta y éste al morir muere después envuelto en el lienzo eterno de la musicalidad de las palabras.

Está demás decir que Karen es y habrá de ser indiscutiblemente, fiel ejemplo de todo ello.

La Idea del Nombre De La Rosa




"La idea de El nombre de la rosa se me ocurrió casi por casualidad, y me gustó porque la rosa es una figura simbólica tan densa que, por tener tantos significados ya casi los ha perdido todos: rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, la guerra de las dos rosas, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces, gracias por las espléndidas rosas, rosa fresca toda fragancia. Así, el lector quedaba con razón desorientado, no podía escoger tal o cual interpretación; y, aunque hubiese captado las posibles lecturas nominalistas del verso final, sólo sería a último momento, después de haber escogido vaya a saber qué otras posibilidades. El título debe confundir las ideas, no regimentarlas".

Umberto Eco - "Apostillas A El Nombre De La Rosa".

viernes, diciembre 14, 2007

Vitico Cabrera: Pintar en la impredicibilidad del destino.




Y pintarás sin saber si el pincel sabe lo que hace con lo que en verdad visualiza tu imaginación.

Puede que se quede corto en la faena, que sus filamentos se resistan, en la hora definitva, al jueguito del tuerto adivinando luces para poner en su lugar al truquito delas sombras, a la dimensión que deben proyectar los puntos ciegos, al equilibrio de las líneas resaltantes que tornarán la acrílica en algo más que un pedazo de tela inútil y uniforme.

Puede que también los colores se nieguen a hacerte el dúo. Son así de extrañas sus manías. Es así como se resisten, en su pereza de claroscuros desconfigurados, al castigo de la paleta, allí donde lo mezclan con chusma y nobleza y le deciden su destino, sin pedirle opinión o algún permiso.

Y pintarás pese a todo.
Un souvenir para los ojos, para esos que quieran y sepan ver, por encima de lo obvio, sin necesidad de algún lente opaco o de contacto.

Y pintas.


El amarillo tenue busca reposo y deja que tus dedos lo hagan duende de primer orden. Mas allá, como al asecho, algo se cuela en el paisaje:

Un ojo de pez que siempre mira de reojo, después que le negarón protagonismo en el celebrado rito masónico-escocés o en la esfigie del dólar washingtoniano.


Un cielo bipolar, casi celoso de no ocupar mayor espacio en todo esto.

Un risco, algunas montañas ajenas al showtime.

Yo, tú, él, nosotros...enraizados todos allí en el amarillo semitriste y opaco.

La impredicibilidad del destino se parece a tus locuras, amigo Victor. Tu imaginación lo calca, lo desenmascara, lo desnuda ante nuestros propios ojos, y eso es peligroso, amigo, y puede costarte caro. El destino es un verdugo que nunca perdona a su presa, ni para bien, ni mucho menos para mal.

Así que, si sobrevives o mueres, pintándo éste tirano tal como es, y como lo haces ahora, un heroísmo humilde e hidalgo debe rotularse al lado de tu apellido, como condecoración instantánea o como epitafio final, si fuese necesario: Pintar sobre 'lo que no tiene certeza, ni nunca tendrá'.