Wednesday, June 19, 2013



Todas las voces.

Ulises no pudo resistir esos acordes, en el trance que entre señuelos le provocaban ninfas y madonnas desnudas al violentar las aguas.
El loco, "cuya cabeza rigen leyes desconocidas para el hombre"(Panero),  siente toda la calibración de esa fuerza en medio de alucinaciones y voces no bien definidas, al  auscultar "el paso de la vida/por la sorda caverna de su cráneo"(Julio Flores).
Eva se deja seducir por esa voz, ese tono melifluo y desenfadado, y como castigo es despojada de la inocencia del bien junto al manzano.
Cuenta Mateo, galeno y evangelista judío, que Jesús, enfrenta el gorjeo de sus palabras tenebrosas por cuarenta días y cuarenta noches de ayuno continuo en el desierto hasta lograr vencerlo con el conjuro poderoso de palabras inspiradas de la torá.
"La fe viene por el oír y el oír de la palabra", repetía su discípulo,  Pablo el rabino.
"El que tenga oídos para oír, que oiga", confirma el apóstol Juan, vidente de Patmos.
No lo discuto.  "El azar es una ciencia apenas estudiada", tal cual repite salmódico, un inveterado poeta que nadie lee ni conoce.

Sin embargo...

Acaso, como el poeta menor de Borges,  oigas alguna vez "en el éxtasis de un atardecer que no será una noche, la voz del ruiseñor de Teócrito."

Acaso, escuches los mismos bemoles de aquellas trompetas apocalípticas que derrumbaron murallas y casas de la ciudad de Jericó,  y pueda tu alma, como la de Rahab, la ramera, permanecer ilesa.

Acaso como las vírgenes prudentes de la parábola, seas capaz de oír la perinclita voz de tu salvación, aun cuando duermas, entregado al sueño de los sueños.

Acaso, como José Angel Buesa, digas algún día a la propia muerte: "Ya no sé por qué sordo camino de la ausencia, bajo qué estrellas moribundas vienes", pero te acojo sin miedo, sin rencor, sin resistencia. 

Acaso se te permita oír "el canto de las piedras",  tras "el sonar de telares indios". (Mistral). Acaso oigas" la voz solemne del pasado sonar alegremente en el silencio" (López Velarde).

Pero no desistas en el empeño de penetrar todas las voces, todos los sonidos, todos los aullidos, todas las trampas del oido al oírse a sí mismo.

Para que después, cuando la vida te niegue el requiem a tu partida,  y  sea demasiado tarde ya para conocer lo no conocido, no lamentes en vano, como se lamentaba el poeta: "Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto"...(Oliverio Girondo) 

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