Friday, May 24, 2013




Algo nos recuerdan estos versos, algo vivido o soñado, algo lejano, algo fútil, diremos, pero que todavía cala, como cala el cuchillo en el corazón de un fruto, en la epidermis del dolor.

"Desde el prodigio, siempre."  Desde la carne, siempre.  Desde donde el árbol extiende sus raíces, siempre. Desde los ojos cansados, los párpados insomnes, desde la taquicardia consabida.  Desde todo, desde siempre.  

Se lee para leerse uno mismo, para saberse víctima de las propias batallas, las ganadas o perdidas. Que alguien tome el laúd y rompa sus cuerdas, que alguien calle el arpa. Silencio, silencio, el aria pide un responso.


La voz a ti debida.

"¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!

Lo dejaría todo,
todo lo tiraría;
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
–si me llamaras, sí; si me llamaras!–
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: "No te vayas"."

La voz a ti debida (1933)
Pedro Salinas

Foto- crédito, Zambalele, Flickr

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