Monday, March 25, 2013



                                                                     
Estás ahí en la azotea, dispuesta al agasajo de la carne. Nada especial ha ocurrido esta noche.   Un pobre segador ha venido de hinojos pidiendo  pasar un rato adherido a tus encantos, sin aspirar a mucho, pues sólo puede pagar unas cuantas monedas. 

En Jericó sólo se habla de los Israelitas quienes se acercan a la ciudad desde occidente.   ¡Israelitas!   Esos mercenarios capaces de abrir el mar a la mitad con un conjuro de su Dios, capaces de enfrentar y derrotar a miles con un puñado de hombres. ¡Israelitas del desierto!   Temibles, enigmáticos.  Poco puedes esperar de ellos, dicen que sus hombres no miran otras mujeres aparte de sus esposas, pero la experiencia te dice que siempre hay un puritano dispuesto a perder su casticidad en manos de Rahab, la ramera más joven de todo Jericó, siempre hay un hombre con sed en la garganta, deseoso de bajar al pozo del oasis, dispuesto a buscar la tibieza de la piel en otra piel, a jugarse el todo por el todo para encontrar en el placer consuelo a sus pesares, desahogo a sus instintos.

He aquí que mientras te acomodas el manto, te perfumas y agregas ciertos detalles a tus ojos para mejorar la apariencia, llegan dos israelitas a tu espalda que a punta de cuchillo te prohíben hablar o gritar.  Disimulas bien el miedo, desde niña tuviste habilidad para persuadir,  ganar la confianza con palabras de tono suave, con esa sonrisa y esa mirada que ningún hombre puede evadir, ahora está en juego tu vida y contra eso tienes poca experiencia, cualquier palabra o gesto inadecuado podría volverse allí en contra tuya. Con tranquilidad y aplomo logras convencer a los varones. Prometes ayudarles, prometes pasarte a su causa si tan sólo te perdonan la vida.  Sólo un pensamiento te atormentaba, te has convertido ahora en traidora de tu pueblo. Y qué importa- te justificabas a ti misma-, las rameras como yo, siempre serán rameras y no hay en Jericó posibilidad alguna de redención para mí.- Además esos mercenarios espías despertaban tu curiosidad, había cierto brillo en sus ojos, cierta bondad, una especial suavidad con la que te sentías a gusto y confiada.  Prometieron salvarte la vida cuando atacaran  Jericó. Un cordón escarlata colgado al frente de tu casa sería la señal para que pudiesen identificarte.


II

Los israelitas rodearon la ciudad y caminaron alrededor de sus muros al toque de trompetas, aullando, con unos gritos que de tan inquietantes parecían bajar de otra dimensión.  Después de tres días, Jericó fue sitiada y arrasada.  Sólo Rahab y su familia quedaron vivos de la destrucción, y desde entonces se unieron a la procesión judía. Conocieron a Josué, jefe y líder, quien los presentó al pueblo y les dieron bienvenida de héroes.  Rahab se sentía dichosa por el hecho de que nadie le reprochaba su antigua condición de ramera,  ahora podía soñar con una nueva vida, un nuevo Dios, un nuevo linaje.

Después de ir y venir en peregrinaje con los judíos, Rahab conoce a Salmón, príncipe de Judá con quien contrae matrimonio, de esa unión nació Booz, y este a su vez se emparentó con Ruth la Moabita. De acuerdo a la genealogía, de ellos proviene el rey David, hasta llegar al linaje de Jesús de Nazareth, aquel que luego sería llamado mesías y salvador de judíos y gentiles.

Desde la destrucción, Jericó jamás volvió a levantarse como ciudad, dicen que ciertas trompetas suenan a veces cuando el viento del desierto llega furioso y se estrella contra sus laderas y montañas.

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