Wednesday, March 06, 2013


Ellas, las palabras, las que paren ilusiones o a su vez las asesinan. Las que aprendemos para hacernos con ellas miserables o para engrandecernos. Palabras espadas de doble filo, palabras-pan que alimentan, palabras-flores que adornan y también perfuman el entorno donde habiten.

En boca de Neruda, las palabras cobran el valor de lo incalculable: "Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras.", exclama el poeta, y alude a esos españolitos de Dios por quienes heredamos el vocabulario castellano.

García Márquez se llama a sí mismo "un prestidigitador de las palabras", un aprendiz de mago para acomodarlas y ponerlas en su centro, para redondearlas y darles un contexto maravilloso, para aderezarlas y darles un sabor único. Y nos confiesa: "Nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual."

A propósito de Babel, sabemos que dominamos un lenguaje hecho retazos.  Desde aquel conjuro de la divinidad contra el lenguaje original que era perfecto y puro, quedaron miles de lenguas corrompidas y limitadas . Talvez pensando en ello el inigualable Borges, ese misterioso hacedor de las palabras, afirma que "El escritor tiene una desventaja: el hecho de tener que operar con palabras, y las palabras, según se sabe, son una materia deleznable." De acuerdo a esta precisión me atrevo a proponer que la labor del escritor debe ser entonces, el engrandecer el lenguaje y hacerlo enseñorearse de la maldición babeliana.

Pero no solo de palabras se vale el poeta o el escritor, eso aprendió en vida Roque Dalton: "Poesía: Perdóname por haberte ayudado a comprender que no estás hecha sólo de palabras."

José Agustín Goytisolo opina respecto al oficio del poeta y las palabras:

"Contemplar las palabras
sobre el papel escritas,
medirlas, sopesar
su cuerpo en el conjunto
del poema, y después,
igual que un artesano,
separarse a mirar
cómo la luz emerge
de la sutil textura."

A partir de esa acción viene a hacerse cargo el oficio de prestidigitador, organizar esas palabras, ponerlas a vibrar, arder, relumbrar, cantar, doler, reverberar, confluir en el poema.

Por supuesto, debe recordarse en todo momento que " La materia del canto / nos lo ha ofrecido el pueblo/ con su voz./ Devolvamos las palabras reunidas/ a su auténtico dueño", nos propone Goytisolo.

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