Thursday, December 13, 2012


El nacer en provincia es casi ser sinónimo de llegar tarde a la moderna realidad de la vida:  al paroxismo de las grandes urbes, sus vallas gigantes, los clubes de ocio para entretener a un publico ávido de emociones extremas, las tiendas para vestir a la moda, la viveza de los habitantes citadinos, los barrios y suburbios atiborrados con sujetos de capa y espada, los teatros, las exposiciones, los taxis, autobuses y trenes, los personajes grandilocuentes.

Yo, que nací en provincia y crecí en provincia, puedo dar fe de ello:  Siempre llevamos con nosotros ese sello de inocentes a lo "chavo del ocho", y nos ha costado sobremanera acostumbrarnos a la viveza.  Lo que fuimos, todavía se nos refleja invariable, en lo que hacemos y somos.

Por otro lado, aquellos pueblitos nuestros ya no son lo mismo, crecieron, se han modernizado, ha desaparecido el pintoresco sabor de sus costumbres, sus personajes típicos y simpáticos,  los pequeños comercios que apreciábamos tanto.  Solo quedan las memorias desdibujándose ya en las nubes de los años idos.

Por eso, me identifico mucho con este poema de Louise Glück.  Versos sacudidos por la nostalgia y que no apelan al sentimentalismo torpe, sino a una nostalgia templada, serena, transferida en versos sencillos que calan y refrescan el ser, acompañándonos a un viaje cariñoso y tierno hacia ese tiempo, ese lugar, esa edad, esos recuerdos.

Con la excelente traducción de Daniela Camacho, leamos el poema de Louise Glück:


Paraíso
Louise Glück
(Traducido por  Daniela Camacho)


Crecí en un pueblo: ahora
es casi una ciudad.
La gente llega de la urbe, deseando
algo sencillo, algo
mejor para sus hijos.
Aire puro; cerca,
un pequeño establo.
Todas las calles
nombradas como novios o muchachas.

Nuestra casa era gris, el tipo de lugar
que uno compra para criar una familia.
Mi madre aún vive allí, completamente sola.
Cuando siente el abandono, mira la televisión.

Las casas cada vez están más juntas,
los árboles antiguos mueren o son derribados.

De cierta forma, mi padre
también está cerca; llamamos
a una piedra por su nombre.
Ahora, sobre su cabeza, la hierba resplandece,
en primavera, cuando la nieve se ha derretido.
Luego florecen las lilas, espesas, como racimos de uvas.

Ellos siempre decían
que yo era como mi padre, con su manera
de mostrar rechazo por las emociones.
Ellas son las emotivas,
mi hermana y mi madre.

Cada vez más a menudo,
mi hermana viene de la ciudad,
quita la maleza, cuida el jardín. Mi madre
deja que se haga cargo: ella es la única
que se preocupa, la única que trabaja.
Para ella, luce como el campo:
el pasto recién cortado, hileras de flores de color.
No sabe qué fue esto alguna vez.

Pero yo lo sé. Como Adán,
soy la primogénita.
Créeme, uno nunca sana,
uno nunca olvida el dolor en el costado,
el lugar donde algo fue arrebatado
para hacer a otra persona.

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