Monday, December 31, 2012




Después de un año lleno de sorpresas, locuras, controversias, alegrías y sueños que se desvanecieron como pompas de jabón.

Un año donde fuimos saturados por el artificio profético de los Mayas, quienes ahora se ríen de nosotros desde alguna cueva selvática.

Un año de revoluciones sociales jamas imaginables.

Año de paroxismos, de cambios, de fracasos en todos los niveles, un año que puede servir de excusas para los pesimistas: "vamos de mal en peor." O de acicate para los super-optimistas: "Estamos en una nueva era de paz y energía positiva", como si lo humano y lo personal no fuesen los elementos que definen tal premisa.

En realidad, un año es sólo un ciclo que marca el calendario y a su final nos colmamos de nostalgia por el tiempo que se ha ido inexorable, y por la posibilidad de enfrentarnos a nuevos días, ahora demarcados por el simbolismo del numero trece. (2013).

Dos poetas latinoamericanos versifican el momento.

Cortazar se enfoca en el amor, duende que buscamos toda la vida. Y Borges no puede dejar de ser sobrio, lleno de incógnitas existenciales se vuelca en reflexiones paradójicas sobre "el asombro ante el milagro del tiempo" .

Feliz Año, amigos.

HAPPY NEW YEAR

"Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres."
Julio Cortazar, 31/12/1951

FINAL DE AÑO
Jorge L. Borges

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo:
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.

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