Friday, November 09, 2012

Desde que el hombre adquiere conciencia de sí mismo bucea en su interior para explicarse su razón de ser y el de las cosas, la naturaleza de su existencia, el misterio detrás de lo que palpa,  ve y reconoce su realidad.   Pero, incapaz de explicarse el omega de la muerte, así como tampoco el alfa de la vida, se dedica a sublimar, acomodar,  soñar, metaforizar o poetizar tales realidades que por tan inasibles lo hacen aferrarse al más mínimo signo o atisbo que dé algo de sentido y de virtud a esas incógnitas.

En medio de todo este caos,  perplejo, el hombre torna la mirada hacia Dios.  Los secretos de la existencia que no nos es dable conocer originan la espiritualidad humana, el deseo de asirnos a un creador al que no vemos, pero al que podemos sentir aprehendidos por el misterio y obnubilados por la grandeza del universo.

La vida puede llevar por derroteros diferentes a mucha gente.  El sentido de espiritualidad innato en el hombre puede desembocar en otros atajos:  el hombre se cree a sí mismo un dios, en otras, cree ser su representante aquí en la tierra, otras veces pone a la naturaleza su idea de dios, o a la ciencia, o a las ideas o al progreso de la civilización.

En medio de las dudas, del asombro continuo en el ejercicio de su cotidianidad, abrumado, inseguro, carente de luz, sin coartadas, derrotado, exánime, gime, grita, se ahoga y prorrumpe en cánticos y salmos que reclaman  un vestido que pueda cubrir un poco su desnudez edénica y el alto precio de existir.

En el siguiente poema de Lauren Mendinueta, excelente poeta colombiana de la nueva generación,  se vierte todo este dilema. El poema sirve de referente, pero también de catarsis para despojarnos de la   hybris ( el orgullo desmedido que hace a los mortales creerse superiores a los dioses, o que no los necesitan ni les deben honores, según la tragedia clásica) a fin de revertir el cinismo e indiferencia que permea en estos tiempos tan malos para rememorar pentagramas del arpa de David.

Poema 9
Por Lauren Mendinueta,
(De su libro  “Del tiempo, un paso")



"Porque alguna vez Dios tendrá que acordarse de mí,
alguna vez tendrá que oírme.
Un día me arrastraré por la casa para estrenar alas nuevas,
abriré el pico al infinito, hablaré con gorjeos,
y tú escucharás mi canto por tu presencia mutilada.
Ese día vendrás a cuidarme y me enseñarás todo lo que de ti
olvidé.
Cuando mis alas sean fuertes te subiré en hombros
y con el cuerpo entero y alado iluminaremos la luna.
Desde arriba te mostraré el mundo que en mi penar de
estantigua me fascinó.
Y en pleno firmamento, mochuelos, murciélagos y buitres
te dirán cuánto te añoraba.
Llorarás conmigo porque comprenderás que no quería
defraudarte,
que tenía que pagar con tu lejanía el alto precio de existir.
Ese día el alma libre de la gravedad del cuerpo,
de las paredes rugosas, de las puertas cerradas,
deshaciéndose, volverá a su principio,
y tú ya no tendrás que irte porque yo volveré a ser Lauren,
nada más Lauren,
y nunca habrá otra estantigua que sacuda el aire al pasar."

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