Thursday, May 17, 2012


A veces quienes más saben y conocen de filosofías, de dogmas, de ángulos diferentes en los subterfugios de la metafísica, en los vericuetos de teorías y ramificaciones gnósticas, son los que menos saben, pues dudan de todo cuanto saben. Címbalo que retiñe y viceversa, metal que resuena y viceversa.

A veces la duda es señuelo para hacerse pasar por el más listo de la muchedumbre, quien sabe menos
porque duda, y duda porque maneja menos certezas que los otros, quien se especializa en  lo que no tiene sentido ni nunca tendrá y busca lo que no se le ha perdido en la biblioteca infinita de los infinitos ciclos ya previstos por Cleterio en el siglo IV,  quien pretende encontrar la última gota de conocimiento y luego la ve evaporarse  ante sus propios ojos que ahora ya han quedado ciegos,  en el recuerdo de la luz interior, en sus historias repetidas, en sus balbuceos místicos, en sus sueños demiurgos.

Si Borges no hubiese muerto, sería considerado por las nuevas pandillas esnobistas un autor cuasi vulgar, "cadáver prehistórico, bibliófilo histriónico", y en ceremonia de inquisición hubiesen echado a la pira del fuego todos sus libros, todos quemados para no tener memoria del escritor omnisciente que nos avergüenza con el conocimiento libresco, quien nos estriega en la cara su enciclopedismo, sus anécdotas burlescas, sus alegorías redundantes. 

Talvez Borges fue otro, talvez el otro no era Borges, talvez  nunca sepamos si en realidad un extraño forastero lo usaba como escriba para transcribir  ciertos juegos infantiles de palabras a fin de entretener a los mortales. Mientras tanto, sigamos dando rienda suelta a la imaginación, sigamos imaginando que Borges era Borges y nosotros somos nosotros y nada más.

Hagámosle el juego al autor de este poema y pretendamos comprar un boleto de ida y vuelta para el  sospechoso viaje que nos propone....


Viaje alrededor de la señal. 
(Hernán Lavín Cerda)


Dicen que aún me llamo Jorge Luis Borges,
aunque más bien pertenezco a la estirpe
de Bernardo Soares, aquel antiguo alquimista
del pensamiento como nunca
ha sido, como todavía no es:

-¿Dónde está el hábito que nos ayuda a sentir
que somos inmortales?
¿Dónde están las dudas
que llamamos, no sin alguna vanidad, metafísica?

Estoy llorando mucho, no sé si todo es Dios, no me caben
las lágrimas, sin relación de causa
¿a qué efecto?, con el puño en el pecho
o persignándome, a quienes lo saben
yo les pregunto y sobre el vientre me echo
a sus pies sin pies que pisan sin pausa.

No sé si todo es invisible como el asombro de Dios,
quien levanta el pulgar de la mano derecha con júbilo
y dice desde muy cerca y muy lejos:

--Llevamos una señal en la frente, todo ocurre
por primera vez, y otra señal en la nuca.
A veces nos parece que adelante está el signo de la vida
y atrás el de la muerte.
Pero hay días en que el orden se invierte.
Y hay todavía otros días
en que llevamos adelante y atrás
la misma señal.

Estoy llorando mucho y nadie sabe
si todo es Dios, dicen, no sé si todo, dicen
que todavía estoy llorando mucho:
nadie sabe si por la señal de la frente
o por la milenaria señal de la nuca.

Estoy un poco triste por debajo de la conciencia.
La civilización consiste en ofrecer a algo un nombre
que no le compete, y después soñar sobre el resultado.
Lo cierto es que el nombre falso y el sueño verdadero
han dado origen a una nueva realidad:
el objeto se vuelve realmente otro.
Aún estoy en mi cuarto y soy menos despreciable.
No dejo de escribir palabras como la salvación del alma:
anillo de renuncia en mi dedo evangélico,
joya sin brillo de mi desdén extático.
Dicen que aún me llamo Alberto Caeiro, alias
Bernardo Soares, aunque más bien pertenezco a la estirpe
de Jorge Luis Borges, aquel antiguo alquimista
del pensamiento como nunca
ha sido, como todavía no es:
—¿Dónde están las dudas
que llamamos, no sin alguna vanidad, patafísica?
¿Dónde está el hábito que nos ayuda a sentir
que somos vanidosamente inmortales?

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