Wednesday, May 02, 2012



Para Borges, siempre controversial, el verdadero infierno consiste en la incapacidad infinita de olvidar.    Y el mayor defecto del olvido:   que a veces incluye la memoria,  una de las facultades humanas que a Borges le parece deleznable. 

En amor, al olvidar  herimos la memoria de forma penitente, pero a veces  tan solo el amado puede redimirnos de las miserias del desamor.  Ciertos psicólogos prefieren utilizar una especie de metáfora descriptiva al hablar sobre el proceso del olvido: Decaimiento de la huella.   Pero, cómo olvidar.  Cómo declarar lo pasado, pasado,  así con esa gracia y esa determinación con la cual suele cantarse esa popular canción callejera.

No hay trucos de la memoria que borren o hagan decaer la huella de un amor que lo fue todo, todo.

Queda la resignación, el refugiarse en nuevas cosas, aquello del 'clavo que saca otro clavo',  artilugios vanos, si allá dentro, bien adentro, la herida de amor sigue abierta.


Rosa Silverio, poeta dominicana, Premio Nacional de Literatura, capta en el siguiente poema con  versos de una belleza especial,  admirable y muy suya,  el dolor del olvido, el desamor y todas su raíces turbias.

 
El olvido


¿Debo resignarme a la muerte de la raíz,
al viaje sin retorno de las olas?
Dirás que no, pero yo sé que el silencio se aproxima,
que tus hojas están a punto de caer
y que tu luz se extinguirá como todas las cosas
que han muerto en ti y entre nosotros.
Ojalá yo pudiera creer en los prodigios.
Me sería fácil concebir el amor como una onda
que se extiende hasta mis orillas,
o como una flecha que traspasa la maleza
y se clava justo en mis adentros.
Pero no es tan sencillo olvidar la inutilidad de la rosa,
el aire enrarecido que mecía nuestra unión.
Porque a pesar de la fortaleza del nudo
siempre hubo un débil temblor en nuestras manos,
siempre hubo una vacilación en las piernas,
una mirada hacia atrás y una ciudad imaginaria
que se derrumbaba mientras todo se convertía en sal.
Sal del dolor, sal de las lágrimas, sal del beso,
sal de todas las cosas amargas e indeseadas por el gusto.
Sal del mar, sal del olvido.
Sal de tu cuerpo y el mío entregándose el amor
y despreciándose.
Nunca faltó ese residuo de asco y de costumbre,
ese signo de interrogación que se izaba
sobre nuestras cabezas húmedas y cansadas,
ese remanente que desembocó en el adiós.
Ahora sólo me pregunto si sabrás de la nostalgia
o si pudo más la acritud de las cosas
y ya mi rastro se ha borrado de todos tus caminos.
Es imposible saber
desde esta distancia de tortuga y de montaña,
desde esta ausencia, desde este tiempo,
desde esta tristeza insonora y solitaria
que nubla todo mi horizonte.
Por eso ahora me refugio
en el nacimiento del mar y de la estrella
y si algo debe sobrevivir a nuestra historia
que sólo sea la transparencia de las aguas
y el viaje ilusionado de los peces.
Alguien podría citar algún recuerdo,
pero yo no lo sé… dímelo tú…
¿Vale la pena rescatar alguna aurora?

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