Wednesday, April 04, 2012

Cortázar intentaba redimirla de sus pesadillas, y poco pudo hacer. Al final, la fiereza de la vida la venció, las tinieblas hallaron cauce en aquellos genes tristes y pudo más el deseo de no ser, el irresistible encanto de la nada. Y entonces la muerte se hizo cargo de la muerte, se arrodillaron fantasmas frente a su camastro, las campanitas del vacío repicaron en su oído el angeluz de los irredentos. "Para morir hemos nacido, pudo haber dicho su último poema, para morir encadenados a barrotes de odio, clavados a espinitas de dolor. Somos la carne abierta, dolor de vástagos en la sangre, y nada es nada."

Olga Orozco, nos lo cuenta bien en estos versos:

"Pavana para una infanta difunta" (de Olga Orozco) Fragmento.

"¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos de la inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se degarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Ya todo es el revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
sola con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un manto:
en el fondo de todo jardín hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.

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