Sunday, March 06, 2011


  Te he buscado tantas veces por caminos que no llevan a ningún final, por cuevas de ladrones rugiendo bajo, por rosarios de alquiler enchapados en plástico.  He abierto tantas veces las manos  para encontrarte y conocerte, pero como Tomas el Dídimo, siempre me gana el traicionero aguijón de la duda, el gusanillo de creer solo lo que mis ojos ven.

Lo admito, sé muy poco de certezas, de fe, de amor, de esperanza.  Son tan sólo tres palabras cargadas de epitafios y excusas en un cementerio cualquiera, son promesas del pan de cada día en voces ahogadas de incertidumbre y espanto.

Me cuesta entender tu mensaje de no violencia, esa otra mejilla siempre lista para recibir un segundo golpe traicionero, la palabra de perdón a flor de labios, una bienaventuranza dondequiera azote la tragedia.  Me cuesta verte sin guarida donde refugiarte, sin una cuenta bancaria a plazo fijo como garante de jubilación, sin una limousine lista para predicar sobre tu reino.  Me cuesta mirarte sufriendo sin remedio.  Tu frente, mártir del Gólgota, he querido a veces  besar con lágrimas torpes, y nada pasa. Nada. El murmullo del viento se traga la plegaria y la vuelve eco del olvido.  

Te imagino en el madero, abatido por la historia, las manos crucificadas casi cerrándose en puños de esperanza. Imagino tus pies que caminaron  la senda del nunca jamás y han dejado huellas en rocas afiladas, y luego  se tuercen y humillan con aquellos clavos.  Miro los pies míos cuidados con  apropiada pedicura.  Miro mis simples preocupaciones de ciudadano eficaz del primer mundo : El afán por el Status Quo,   convencer a todos que no soy un perdedor, logro de laureles y diplomas enriquecedores de currículo, el  arriesgar un poco pero sin sacrificar la comodidad en lo más minino.  Y miro mi cuerpo hecho despojos, enfermo, desgastado, rendido a la mortalidad y temeroso de la muerte.  Miro mis espantos y  temores, mi inseguridad, la fragilidad del ser, la ineludible vanidad de vanidades. Miro mi frente marcada con el sino de pecador irremediable, de Judas irredento...Y preciso exclamar:

Padre he aquí tu hijo. Regálame un par de tus sandalias pues cuesta caminar descalzo entre zarzas y espinas que clavan. Dame una bienaventuranza de perdón que no se torne demagogia panfletaria.  Camina por el mar de mis locuras. Arroja la red y péscame. Hazme uno de tus siervos pequeñitos y enséñame a vivir en paz conmigo mismo.

2 Responses so far.

  1. Sid says:

    Todos somos pródigos? o alguna vez lo seremos?

  2. Celeste! says:

    Este poema lo leí hace mucho, algunos años, quizás dos, quizás tres, no se. Lo imprimí, lo guardé, ahí lo tengo y lo leo cada tanto. Es hermoso, muy sincero.
    Me gustan los cambios que le hiciste.
    Gracias por compartirlo :)

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