Monday, January 24, 2011



 
Hablo de Calles.  Todas las calles.  Las empedradas para resistir el olvido. Las abandonadas después del cierre de maquiladoras y zonas francas.  La callecita del Barrio San Martín, (callecita que fuiste mi calle) tan diferente ahora,  hecha avenida de doble vía,  enmarañada de semáforos,  torres enormes en vez de casas,  cientos de carteles publicitarios,  edificios lujosos de strip-tease  y oficinas para masajes VIP,  plazas comerciales de cuatro y siete pisos,  hordas de carros tocando bocinas a un mismo tiempo.  Multitud de gente la recorre apresurada sin reparar en su nuevo nombre: "Avenida Progreso".
 
Calles pavimentadas de recuerdos:  El callejón sin salida  del Mirador del  Este en años de recia lucha estudiantil.  Allí mataron por error a Paquito el de mi barrio.  Su sangre quedó impregnada en el suelo por varios días.  Esa sangre fue lamida por cientos de perros callejeros hasta que solo quedaron  algunas  manchas rojinegras como simple graffiti  para desdibujar  el olvido o la barbarie.   O bien, hablemos de calles para soñar a oscuras, calles famosas del celuloide: Calles de San Francisco,  Streets of Filadelfia (canción de Bruce Springteen), para poner un par de ejemplos.   O  citemos otras no menos populares:  La Abbey Road de esos Beatles buscadores de la perfección del pop. La vía dolorosa del Nazareno hacia el calvario.  El Cul de Sac de la quinta residencial  en la que vive mi tío Alberto, (honorable sacristán de la catedral primada) versus 'la calle ancha-cha de Don Fernandez-dez".  En la siguiente cuadra,  la antigua vía del tren,  ruta del bulevar llena de hoyos por donde  ningún auto puede transitar.  

Y no puedo omitir esa calle que desciende al malecón y termina al mar en la esquina del monumento a Los Desamparados. Justo ahí pude estampar el primer beso a una chica quien  un año después,  sin decirme ni media palabra,  se marchó a la ciudad de Amsterdam. Se quedo allí para siempre, dejándome el corazón deshecho, las ganas de hacerme desparecer del mundo de los vivos.  Recuérdome tras su partida, murmurando guitarra  en mano esa canción tan popular en época de discos vinilos, cassetes y radioemisoras AM:

"Esta calle al final, tiene su nombre,
mi calle triste, mi sufrimiento".

Digamos que la miseria tiene sus callejuelas en  cualquier Pueblo Blanco,  tal como  nos hace recordar en temblorosa voz baritona  el hippie de Serrat:    "Callejas de polvo y piedra,/por no pasar ni pasó la guerra".  Calles...calles que te vieron nacer, y  crecer, pero  talvez no te verán morir.  La damisela muerte pone sitio, día y  minuto final a la vida de cada quien y luego guarda los despojos  entre calles adoquinadas de flores, trashumadas de velas e inciensos  en todos los cementerios habidos y por haber. 
 
Digamos que hasta en el mismísimo Cielo  se ofrece la promesa de calles de oro  para caminar por ellas,  - sin miedo y sin prisa,  sin prisa y sin miedo-  hacia la bienaventurada gloria de la vida eterna. 

Quieras o no, toda calle al final ,  lleva  tu nombre.

©Joel Regalado, 2011.

(Imagen:  Calleja de Pampaneira, de milpinceladas.)

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