Thursday, August 12, 2010




Frente al gigantesco letrero de Hollywood, Oshiro decide  posar para la posteridad.  Piensa en las fotos que mostrará con orgullo  a su familia, amigos y compañeros de trabajo en la oficina de Tokio.  Recuerda haberse preparado desde siempre para este momento estelar. Asume la postura exacta:   Las manos abiertas, como el  corcovado del  Rio de Janeiro.  La mirada efusiva, trascendente, mirada de un cóndor de ojos rasgados entrampado en vuelo de felicidad por entre nubes y vientos solanos.  Sonríe al flash de la cámara Nikon D700x,  activada por su esposa Kokubu.   Desde aquel promontorio,  la ciudad de Los Ángeles le parece el  valle de un espejismo que alguien soñó y nadie atina quizás recordar. Oshiro, sabe, sin embargo, que aquel momento es real, que no lo sueña,  por eso el afán de las fotos, los clics incesantes para captar la euforia que lo envuelve. Todo para saberse vivo, para decirse que lo sucedido allí será tan real como el tiempo de las acacias  péndulas  de ramas colgantes, cuando la primavera llega silbando a la ciudad de Okayama, su pueblo natal.  Para este instante de regocijo,  basta su  cámara Nikon.  Más de cuatrocientas fotos y decenas de videos permanecerán en el recuerdo digital de todo lo vivido o soñado,  en esa memorable y fresca mañana de marzo en South California.

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