Saturday, July 10, 2010



 A Cristina Rivera Garza.


Cosa de llamar a las cosas por su nombre, o al nombre detrás de las cosas. Verde que te quiero verde.   Central Park, por ejemplo. Un hombre, una mujer  y un niño corren entre los árboles tras una ardilla que se llevaba la mochila verde con los emparedados para el picnic.  New York, una ciudad incómoda para poetas, muchos poemas que jamás habrán de terminarse han sido arrojados a los pequeños contenedores de basura en los trenes del subway y de allí van a parar a los depositorios gigantes para desperdicios, en donde sólo las ratas sabrán su último destino.   "Aquí la basura sabe más de poemas que el propio Lorca", me confiaba un estudiante de literatura española de Columbia University.  "Lorca sobrevivió al maleficio de New York, pero después pagó bien caro esa supervivencia".  Lo decía mientras devoraba una manzana verde,  sonriente, vestido de camiseta verde, pantalón blanco de rayas negras y un gorro de lana verde-azul, sentado allí en el pasto verde tenía la inusitada apariencia de un romántico sonámbulo  e ingenuo a punto de decir eureka o de gritarme capicúa.  New York, New York. Una ciudad incómoda para poetas.  La vía más corta del tren, los vendedores ambulantes, los edificios espiando de reojo, celosos de verte  ir y venir por entresijos, los niños que juegan en una esquina de la Sunset Park,  eufóricos de ver el semáforo que se ha quedado en verde por más de una hora.  Estamos en las mismas condiciones de locura.  La mano que se desliza por el abrigo, la música que sólo reproducen los audífonos, la pantalla luminiscente desdibujando la noche. El cielo limpio, sin estrellas, la parada cerrada del tren, un lápiz en la acera, una moneda de 10 centavos que nadie ha querido recoger.  Guantes verdes con abrigo rojo: algo desafina en ese dúo.

JR

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