Wednesday, July 14, 2010



"No sueltes tu cabello para siempre
Vive un poco más, vive un poco más
Que aun te queda tiempo y verás.
Sólo los pájaros tienen derecho a volar".
Canción de José José.


Los pájaros no saben que cantan ni lo sabrán nunca.  ¡Si pudiera cantar, si pudiera volar!  Todo estriba en el peso de la gravedad que no se vence hasta que llega el morir. Han abierto hoy todas las ventanas de la sinagoga. El rabí Koshí Daram ha muerto.  Los siete candelabros del atrio mayor fueron encendidos. Una treintena de niños vestidos de negro y blanco caminan ordenados y en pares hacia el pórtico central. Cantar, lo que se dice cantar era para las plañideras un encargo cuasi-sobrenatural, recogían en un vaso las lágrimas derramadas como fetiche de la mortalidad humana. El éxtasis mortuorio siempre ha sido cosa de negocios o de tragedias épicas, arte exclusivo de lamentatrices. Las cuerdas del violín son como las plañideras: Se ofrecen a llorar y a ofrendar sus quejidos a cualquier postor: se desgarran burdamente en las manos de novicios y músicos mediocres, o vierten sus arpegios con dignidad sublime en manos y dedos de algunos virtuosos. Los pájaros no saben que cantan, y a lo mejor sí saben que vuelan. En la ciudad de Los Ángeles dos judíos ortodoxos pasan accidentalmente frente al Teatro Chino y miran de soslayo el inmenso cartel promocional de la película que habrá de estrenarse esta noche, película con un título tan profundo como cursi: El peligro de morir. Los dos judíos encontrarán un taxi en la esquina próxima que los llevará al aeropuerto, desde donde volarán hacia el funeral de Koshí El Rabino. La música puede ser una daga de doble filo. Saúl, primer rey de Israel, necesitó que David le tocara el arpa para conjurar sus temores y maleficios, pues era David el único que lo lograba. David, necesitó después, escribir y cantar sus propios Salmos, y compuso cientos de ellos, para exorcizar sus culpas, sus pecados, toda esa angustia de la carne. Jubal, el primer habilidoso de arpas y flautas registrado en los anales bíblicos, se hubiese quedado atónito al leer la leyenda del flautista de Hamelin, no por la flauta serpentina que tocaba el famélico trovador, ni por la melodía subversiva que supo componer y tocar, sino por aquella venganza siniestra. Sí, la  música puede ser una daga de doble filo. Si pudiera volar y cantar, no sería yo quien besara la memoria de un instante mudo. Una paloma llega desde el norte, viene y se posa justo encima de la sinagoga, sin percatarse de nada que ocurriera allí, desciende al patio y busca migajas de algo, escarba, busca, y parece que no encuentra nada. El piloto de avión es un mercenario de las nubes, ya las conoce por color, por tamaño y turbulencia, pero quien vuela en un avión para dirigirse a un funeral no piensa en las nubes, las ignora, cierra las ventanas y se pierde en el asiento, buscando un poco de sosiego y compasión para sí mismo, sabe que al descenso  le espera una cita con el inflexible sarcasmo de la vida. El coro de niños judíos interpreta una salmodia triste frente al féretro del rabino. En la partitura del pianista se lee: Miserere para Koshí. La paloma sigue buscando migajas sin éxito, ahora picotea frenéticamente la cúpula de la sinagoga. Si pudiera volar y cantar dedicaría mi canto al silencio del tiempo en el espacio. Las sirenas saben de un canto que nadie sabe cantar, excepto Ulises, y ese cantar según cuenta Kafka, era el canto del silencio en los ojos del misterio . Pienso en Paul Simon, baladista folk, diminuto y elusivo, quien mezcló sirenas entre los sonidos del silencio, y solo pudo escribir, entre otras cosas triviales: “Hello Darkness, my old friend”, todo para mitificar una película tan sui generis como El Graduado, donde el amor se encubre entre velos y locuras del ego pudoroso. El rabino Koshí no cantaba en los ceremoniales y oficios religiosos, nunca tuvo buena voz para afinar los sonidos dentro de la medida del tiempo. Juan Pedro Cañizales, era sin embargo lo que se dice un trovador de verdadero abolengo, uno de los buenos. En la estación del tren, la Grand Central, tocaba el arpa y murmuraba una melodía repetitiva a solo dos compases: Uno, dos,/uno menor/ otro mayor, y nada más, “lo que este humilde servidor canta no es un vals, ni una zamba, tampoco un contrapunto, es una criolla”, le decía a unos turistas japoneses que lo retrataban de todos los ángulos y no entendían sus aclaraciones. El rabino quedó viudo desde los treinta y cuatro años, y viudo fue hasta el morir. “Dar continuidad a la vida, con las manos y el corazón”, reza el panegírico. La paloma de la paz encima de una Torah, precisamente  abierta en el libro de Job fue grabada en su féretro dorado. Si pudiera…ay! si pudiera cantar y volar, pero sólo los pájaros, sólo los ángeles, sólo ellos.

Search

Popular Post

Blog Archive

Actualizaciones por Email

- Copyright © CANTARES -Metrominimalist- Powered by Blogger - Designed by Johanes Djogan -