Thursday, July 22, 2010




¿Lo importante no es el viaje, sino el destino?   Le pregunto a mi amigo Aquiles.   “No, nunca - dice - Lo importante es el viaje, el destino es lo de menos.  ¿Qué es el vivir- argumenta con pasión arrebatada- sino es un viaje con un destino irreconocible?   En realidad el viaje es el destino, punto de partida, punto de referencia y de llegada.” 

No le contradigo.
 
Aquiles es un sencillo profesor de escuela en un pueblito apartado de la región nordeste, en donde sólo hay una calle, dos colmados y tres bares.  Según su esposa, quien ha vivido a su lado por trece años, “Aquiles siempre le busca la quinta pata al mismo gato”.   Yo, quien desde hace tiempo he preferido la sabiduría popular por encima de la libresca, quien opto a veces por las proposiciones ingenuas de Dale Carnegie y Og Mandino, en vez de las pretenciosas de Borges o Spinoza, me complazco en prestarle atención sin debatirlo, aunque tenga o no buen sentido lo que dice.
 
Ahora, para motivarlo a hablar procedo a preguntarle si el siguiente fragmento en la historia de Alicia, escrito por Lewis Carroll, podría tener algo de común con su corolario:

“¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar?
-Eso depende de a dónde quieras ir -respondió el Gato.
-Lo cierto es que no me importa demasiado a dónde... -dijo Alicia.


“De acuerdo, mi amigo –contesta Aquiles- El viaje es el destino.  El ahora, única realidad alcanzable y vivible, es antecedido por lo intangible: el pasado que ya es historia, y es seguido por una sarta de probabilidades: el futuro que es impredecible”. 

Tampoco le contradigo.
 
Conocí a Aquiles en la escuela del pueblo, hace una semana.  He sido comisionado por la oficina del Censo Nacional para avanzar un proyecto en la región.  Aquiles ha sido mi mano derecha en la planificación de este proyecto. Al compartir tantas horas de trabajo, ha conquistado mi simpatía con su candor y su manera de ser sincera y sin afectamientos. Es un hombre de mediana edad, estatura pequeña, espalda ancha y desproporcionada, sus ojos melancólicos producen una particular idea de vaciedad y desesperación, especialmente cuando hace pausa y medita sobre la próxima reflexión que declarará. Habla sin dejar de mover las manos, siguiendo el compás de la acentuación prosódica de cualquier palabra. Es semi-calvo, la piel quemada por el sol del trópico, tiene un amplio lunar en la mejilla izquierda el cual impide que uno se concentre del todo en las continuas disquisiciones que hace.  Pero sorprende cómo habla, con propiedad, con autoridad, con una seguridad inquebrantable.  Finaliza siempre sus observaciones con un: “Eso es así, eso puede Ud. escribirlo, subrayarlo y agregarle letras mayúsculas, si quiere“   Yo, honestamente, le oigo encantado, quizás no tanto por lo que dice, sino por esa extraña convicción de profeta iluso e iluminado con que proclama todo cuanto dice.

Estamos en su humilde casa, la comida preparada por su esposa está siendo servida a la mesa, ayudada por una chica de 10 años, hija de vecinos.  Desde el fondo de la cocina, sudorosa e irritada, la esposa grita:   


-Aquiles, deja de hablar tanta bazofia, que ahora vamos a comer.- 

Aquiles me mira y se sonríe, como suplicando comprensión por los exabruptos de la esposa, luego susurra a manera de confidencia: 

-Acá entre nos…Sepa Ud. que para mi señora, el acto de comer es un ritual muy parecido al de los legendarios aztecas: se debe comer en absoluto silencio y en reverencia sepulcral,   en un rezo continuo de agradecimiento a la vida por los alimentos, por las manos que lo proveyeron, por quienes los prepararon.  Y tiene razón la negra, lo que vivimos cada día es todo parte y disfrute del viaje, que es lo importante: ceremonias, rituales, fiestas, celebraciones, funerales….aquí el destino es lo de menos.

 

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