Sunday, July 04, 2010


I

"La memoria es un laberinto del que se entra y no se sale", le gustaba repetir Guillermo Cabrera Infante. Y bueno, laberinto y memoria se hacen sinónimos cuando Daniela Camacho Jiménez se aproxima a la poesía.  El resultado es multiforme, por un lado al través de la memoria huye de la calamidad y pretende desconocer el laberinto en que vive sumergida:  "Los pájaros más negros de mi boca y los cuchillos no, que de la muerte no",  murmura la poeta, luego redobla el efecto de la negación de sí misma para alejarse de lo que teme o para sublimarse el peso de la carne : "El canto tremebundo de cigarras no, la hondura no." Pájaros negros y cigarras ejemplifican aquí la devastación temida. 


 En ese mismo poema "Plegaria de mujer sin lengua", la poeta se abstiene de inmolar la memoria del ser,  se silencia, pero a la vez  prorrumpe en un grito, a fuerzas todavía reprimido, una "dulce imprecación: la del dolor que no". Por otro lado, laberinto y memoria, pueden ser una enumeración colectiva de grandes y pequeñas nostalgias, un cielo raso donde flota la desesperanza y se calcan allí las sombras más burlonas. Desde ese laberinto surge otro clamor, otro  aleteo distorsionado de añoranza: “Es levísimo murmullo el grito. En el cuenco de mi boca, un beso lírico se arrastra y me humedece el canto". Por supuesto no hay laberinto sin abismos de intemperie, y ante ellos el recurrir incesante al tanteo introspectivo: "Tal vez si me lleno la mirada de silencios", o "si me anudo los retazos de la lengua al arco de esa viola que olvidaste",  pero se impone el silencio omnipotente, funesto, (abusivo como lo que más) y la   queja penitente ante el desequilibrio de la memoria, lleva a la poeta a preguntar y a preguntarse en el poema Desde otro cielo: ¿Cómo hablarte desde aquí si mutilaron cada miembro de mi voz?



II
La memoria es un retruécano de inquisidores recuerdos, y en ese laberinto en el que la memoria nos sumerge se puede "hablar en monosílabos, morder la pulpa del dolor". Y luego aparece el espejo de la muerte mostrando su guadaña para darnos el golpe de gracia del todo inabarcable: “Mirar. Mirarlo todo, el cuerpo violentado de la niña, la sangre coagulada de los perros, el genocidio de poetas."  En la mirada traspasada de quebrantos se agigantan los fantasmas del horror: "...en estas horas todo es mentira, el olvido, la guerra, la resurrección y el tiempo". Se postra la existencia, y se grita: “Dormir. Dormir es imposible. Por eso digo que es mejor morir". Un grito que se pierde entre los sinuosos entresijos de la memoria histórica e inmediata. De acuerdo a Borges, el laberinto es un encierro, no porque algo nos impida el paso a la salida, sino porque las salidas son infinitas y no se tiene el tino de escoger la salida adecuada, la idea la sugiere en el Aleph, y en otros poemas y cuentos,  a su vez el punto referencial de realidades infinitas afirman el laberinto existencial, y por consiguiente, sigue diciendo Borges, toda palabra es una obra poética. (1)


¿Y el tiempo? ¿Qué de correlación hay en tiempo, laberinto y memoria? El tiempo se disgrega, los ciclos se confunden en una sucesión de coordenadas múltiples que conducen a direcciones dislocadas: “¿Qué hora es ésta en que la piel se pudre y en el cementerio yacen tantos niños?... ¿Qué lugar es éste donde el hambre y la apatía nos sofocan lentamente? No lo sé." Se contesta ella misma.


III
Memoria y laberinto...¿Realidad o ficción: Lo imaginado y lo olvidado separados por una delgada línea divisoria que corre peligro de romperse incesantemente?  Daniela parece proponernos precisamente eso, de ahí su corazonada premonitoria en el poema Morir al paraíso: "Lavarás tu cuerpo poseída por la sombra. Al primer golpe de agua, la piel arrancará de tajo un nombre a la memoria".  Esa premonición queda en el aire  sin cumplimiento profético. Y aunque ese delgado hilo amenaza con romperse, sigue ahí, jugando con la balanza de 'memoria- tiempo' en el interminable laberinto del vivir, dejándonos la inquietud y la inseguridad de un aquí y un ahora que no tienen principio ni fin. Luego,  la poeta regresa al silencio impúdico, semi-trágico, tan presente en muchos de sus poemas: "Querrás decir Leteo, canción del tenebroso, diamela, pero estarás muda de espanto...”


IV
Daniela Camacho canta con un tono casi onírico sobre lo existencial,  la fuerza del destino condicionando realidades, la impotencia ante el dolor, la soledad y la insatisfacción. Su canto parece siniestro a veces: “te digo que vivir es una mala noticia/ nos abandonan en el mundo/ con el cuerpo impregnado de otras soledades/ y no tenemos nada”,  y en el inventario de los años la respuesta debe ser obvia, aquí o allá, la barbarie se repite, el misterio de los sueños inconexos, muchas preguntas y pocas respuestas, atajos que no conducen a ninguna parte, la volatilidad del ser o esa levedad de la que habla Kundera, pero mucho más que levedad, es la babélica confusión de todos contra todos, la enajenación personal y ajena, la imposibilidad de asirse a realidades concretas, el laberinto tejido desde la niñez que se agiganta con el correr de los días: “niños de ojos nublados/ manos que envejecen”. No hay epopeyas para contar o rememorar desde la alegría, solo la nada, el vacío, la fatiga de la memoria inconexa. ¿Existen alternativas? Sí y no, parece volver a sugerirnos la poeta, se bucea en aguas sucias, se recurre a mecanismos de defensa para intentar sanear la memoria, pero no bastan esos juegos y trucos de poca monta, así lo confiesa en el poema Nada: “y te lo digo/ no tenemos nada/ sólo hambre/ y fe / y miedo”.


V
La singularidad de la poesía de Daniela se encuentra en la manera sencilla, y a la vez visceral, de plasmar en su lenguaje las huellas de la oralidad y la memoria, al ir construyendo verso tras verso una cadena de signos e imágenes con una lírica intensa,  tanto por lo que se calla o solo se sugiere, como por lo que confiesa abiertamente. En su universo poético, Daniela nos atrapa, nos hace calibrar el alma , y al leerle ya no podremos salir ilesos de su influjo.   

Volvamos a Borges cuando se pregunta: “Pensaba que el poeta es aquel hombre/ que, como el rojo Adán del Paraíso/ impone a cada cosa su preciso/ y verdadero y no sabido nombre”.  Pero bien lo sabe Borges, el poeta pone nombre a las cosas, no solo por etiquetarlas o nombrarlas, sino para ir en busca del fortuito misterio de la vida, el verdadero nombre detrás del nombre de todas las cosas, es decir (según palabras de José María Merino) el  poeta intenta la búsqueda de “una revelación mediante lo simbólico, de lo que la realidad esconde”.    Gracias a ti Daniela, por intentar precisamente eso.





1) Martines, Jerónimo. Bibliotecarios en el laberinto. Reunión Nacional de Bibliotecarios, Argentina.


2) Los poemas citados en este comentario fueron publicados en la revista Foja de poesía No. 209:
(http://circulodepoesia.com/nueva/2010/06/foja-de-poesia-no-209-daniela-camacho/)



Daniela Camacho (Culiacán, Sinaloa, México, 1980) se graduó de ingeniería industrial y de sistemas por el itesm y de lengua y literaturas hispánicas por la unam. Publicó los poemarios En la punta de la lengua (Tintanueva, 2007) y Plegarias para insomnes (Editorial Praxis, 2008); y el libro de palíndromos Aire sería (Editorial Praxis, 2008). Forma parte de la antología bilingüe Tránsito de fuego (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2009), La mujer rota (Literalia editores, 2008), Los siete pecados capitales. La lujuria (Alforja, 2008). Es fundadora y miembro del consejo editorial y de redacción de la revista El Puro Cuento. Sus poemas y ensayos han sido publicados en revistas y periódicos de México y el extranjero. En la actualidad, radica en Tokio, Japón.


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