Sunday, June 27, 2010




Me acomodo en la silla de uno de los miles de “Starbucks’ Coffee de la ciudad de Los Ángeles. Enciendo el ordenador mientras aguardo la llamada de la joven a quien encargué la bebida que he seleccionado para degustar hoy, precisamente hoy, un extraño domingo en la tarde de un junio sin sol, caluroso y húmedo, digo extraño pues desde que tengo uso de razón los domingos en la tarde me han parecido así, raros por un no sé qué triste y caprichoso fluir , acentuado en esos instantes cuando el sol se va retirando para dejar morir el día y dar inicio a otro. (De acuerdo a la Biblia y la tradición judía, el día comienza y termina con cada puesta de sol, el crepúsculo es preámbulo que demarca el inicio o la muerte de otro ciclo cotidiano) ¿No será esa la verdadera razón de todo este  saudosismo?.

Me reacomodé en el sillón del Starbucks, oí la voz de la muchacha gritar: “Tazo Green Tea -Crème –Frappuccino- is ready here”.  Salgo disparado a buscar la prometedora bebida, ansioso por ponderar su sabor.  Antes, se me había hecho agua la boca al leer el cartel promocional de las nuevas bebidas de temporada, fijé los ojos en uno de los Frapuchinos allí descritos con palabras precisas de Starbucks: (Abro la cita) “A refreshing blend of sweetened matcha green tea, milk and ice, topped with sweetened whipped cream and   with subtle hints of tropical fruit flavors”. (Cierro la cita)  ¡Guao!, me dije, esto debe de saber Super.  No me equivoqué, aquel  Tazo green tea con crema de leche, (los japoneses lo usan para sus rituales y ceremonias), “me supo a gloria”, como decimos en Santo Domingo cuando algo nos gusta..

Entre sorbo y sorbo, entre varios clicks a las páginas de facebook, hotmail y twitter , abro de improviso un fólder en  los documentos de mi ordenador, su título: Tautología  Lógica.  Allí leí un pintoresco texto o un poema, no puedo precisar qué es, y me sorprende: No recuerdo haberlo escrito ni guardado alguna vez en mis archivos.  El poema aparece firmado, según se hace constar en el documento, por un tal “Joremita, cinco minutos antes de las doce de la noche, del año 1999, casi al inicio del nuevo siglo”. (Cierro la cita).    Al principio, el texto me pareció ingenuo, mezcla de infantilismo, presunción, palabras edulcoradas, seudoexistencialismo, pura filosofía de bolsillo.   Pero al leerlo dos veces, tres veces, hasta cuatro, no sé si por efecto de aquel ‘gloomy day’ de junio o por influjo del texto trivial, me surgieron, así por así, unas ganas inmensas de volver a ser niño.  Sí, no miento, ser niño, tal como lo leen (hasta me río al recordarlo), volver a ser niño…un tanto como para olvidar lo que sé y no sé y al mismo tiempo negar lo que realmente soy y no soy.  Y me dije, esto es ridículo, a poco eres tan proclive al desborde emocional.  Tú, hombre tan cuerdo y tan seguro de ti mismo, tan mesurado., tan experimentado en lecturas de todo calibre, y ahora esto, este desborde emocional ridículo, absurdo.  Explícatelo si puedes. Y claro, no pude.

 Ah, ya sé, me dije, dáselo a leer a otros, a ver si les provoca lo mismo que a ti, talvez logras descubrir si fue el té nipón de Starbucks que te produjo tal epifanía o si necesitas  reevaluarte y asumir a pecho limpio el síndrome de la mediana edad en su aparición precoz. 

Así pues, heme aquí, desconocidos lectores, compartiendo con ustedes el  hallazgo.  Si pueden, y no es gran molestia, agradecería mucho sus feedbacks, lo cual es una sofisticada manera de decirles: Léanlo y ayúdenme, please, convénzanme a reconocer lo redimible o lo inevitable, o a separar el docudrama de la desfachatez.


Nacer y Nunca llegar a ser Niño.

¿Cómo será nacer y nunca llegar a ser un niño?
Como será nacer sin la atadura de un cordón umbilical,
sin la oscuridad volátil del feto,
arrancado de la nada,
nacer sin madre, es decir, sin tener conciencia
de la carne  en el empuje de la sangre
y la respiración entrecortada, 
y  sobre todo,  cómo será llegar a vivir sin aprender
“el lloro y el crujir de dientes”,
sin una lagrimita de consuelo
para deshacer los temores del misterio.

Cómo será nacer con una sonrisa
dibujada entre las manos,
con una flor de loto tatuada en el pie izquierdo.
Sin juguetes, sin oír o balbucear
una canción de cuna.
¿Cómo será nacer y nunca llegar a ser un niño?
Solo Adán lo sabe, quien nació siendo grande.
Por eso su nombre al revés es nada.
Nada. Adán. Nada.
Un nombre triste para un hombre triste,
hombre que nunca fue niño,
y luego se hizo polvo y nada.

Eva fue otro cuento,
células de Adán,
costilla suya,
lado frágil/diestro/ambiguo de su alma.
Su nombre significa dadora de la vida,
pero su nombre al revés es Ave.  
Es decir, quiso volar bien alto, y como no tenía alas,
cayó sin paracaídas al abismo de la nada, al polvo.

Qué triste, qué tragedia de historia.

Peor aún,
Si nunca después aprendieron a ser niños,
ninguno de los dos  podrá regresar jamás al paraíso.




(Joremita, cinco minutos antes de las doce de la noche, del año 1999, casi al inicio del nuevo siglo.”)


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