Tuesday, March 30, 2010

Una botella de tequila es todo lo que tiene. Se acomoda de cara al cielo entre cactus y nopales, los grillos hacen la fiesta de la locura en aquella noche calurosa. Apura otro trago, carraspea fuerte para amortiguar el amargor del tequila y su desgarro anestésico al entrar directo a las entrañas. Cae encima de la hierba, fulminado por el último sorbo, oye voces de amigos ya muertos que lo llaman de todas partes. Se acaricia la nariz para saberse vivo, mira el cielo y se duerme sin saberlo, entonces sueña que aquel cielo se desploma encima suyo, pero él tan buena gente, tan afortunado, sobrevive a la hecatombe, mientras millones de personas mueren en todas partes por el sorpresivo cataclismo. A su lado un perro Chihuahua lame la botella de tequila y se duerme también junto a sus pies. Allí roncan los dos fulminados por el implacable nopal de los recuerdos, el elixir de los desgraciados en el desierto de Sonora.


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