Thursday, October 15, 2009

Madre, el viento azota de adentro hacia afuera.
Uno puede perderlo todo,
levantar el mástil del barco,
cortar el ancla a tientas,
borrar la neblina del cristal
para imaginarte sonreír a lo lejos.
Pero casi nada queda grabado
en la piedra que el mar azota.
Nada es igual a los sesenta y tantos años.

Se puede añorar tu voz por un teléfono portátil.
Se puede llorar al lado de un caracol roto.
Se puede disimular la mano herida
mientras se aborda otro tren que no ha de conducir
a tu barrio de siempre.

Hay deseos que son gotas de tiempo
dibujados en el cielo a modo de cicatriz arqueada.
Hay deseos que esperan o desesperan:
como el de reecontrar en tus canas
la sabiduría del reloj, o buscar en el cajón
de tus cosas favoritas,
el cordón umbilical de la esperanza.

Madre, la niebla se vuelve muralla
violenta entre dos mares.
En la postal de Diciembre se retrata
la galería donde sentada
tejes el último paño de lágrimas.
Pero también tu rostro duerme
en tendederos del patio,
entre macetas de geranios secos,
botellas vacías, abanicos empolvados,
mientras al vaivén de la mecedora
tu voz canta y declara el toque de queda
de la noche con una copla  silente,
donde sueñas con esa tierra prometida
que aprendiste de memoria en el libro de Juan,
capítulo catorce, versículos uno al  tres.

Madre que el tiempo corra más lento
y no se detenga en tu alcoba,
que la muerte pase de largo
por tu barrio y por tu calle.
Madre:   Que no se apague tu voz
sin que pueda volver a verte!

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