Sunday, October 04, 2009

Por si acaso,
el elevador se aborda sin mirar el techo,
cierras los puños y cuentas los números de los pisos
en el transcurso de uno y otro, pero sin respirar.
Sales y te frotas el pelo,
repites el número de pisos recorridos,
suspiras cuatro veces,
luego buscas la suite del abogado,
donde ha de esperarte su secretaria,
(la mujer más antierótica que puedas imaginar),
se miran y se saludan,
le dices que tienes un problema de primer orden,
esperas su señal,
al cabo de un tiempo, ni muy largo ni muy corto,
un experto vendedor sale a tu encuentro,
te hace sentar en un sillón comodísimo,
saca papeles y finge tomar nota.

“Todo saldrá bien”, debes repetirte
al menos unas quince veces.
Cierto, enfrentarás algunas distracciones:
el silencio mítico de ese espacio
que llega desde el enorme redondel barroco
en el centro hasta descender
a todas las paredes en oleada
de vacío hermético;
la sensación del orden con maquillaje sospechoso:
todo arreglado, limpio, saneado,
la acústica perfecta en donde tu voz se hace pequeñita
y la inseguridad menos intensa,
mientras te aseguran y repiten
lo que ya sabes del cirujano:

La herida puede que cicatrice,
pero siempre queda la marca del escalpelo.

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