lunes, mayo 02, 2011

La espera en el abril lluvioso.


"La espera se pega al cuerpo como un papel mojado donde no hay piedad ni respiro" Juan Gelman.

Te esperé.
Lluvia y paraguas fueron testigos. La luna en el andén riendose parecía decír:
-Anda, tontuelo, date por vencido, de una vez.

Te esperé.  Temblando. Aterido de fe.
Imaginaba un reencuentro de golondrinas que cruzan mar y espacio para tocarse el pico en algún faro abandonado para prometerse fidelidad en cada peregrinaje por vivir.

Te esperé. A viento fuerte. A ropa mojada. Que hacía la espera más fría, mucho más estúpida.
Te esperé. Puños apretados, garganta en seco. Casi odiaba ya el ramo de gardenias blancas que se ajaban en mis dedos. Con los ojos casi ciegos de ver cómo la esperanza se volvía más chiquita al avance del reloj hacia la hora nona que marcaría el desengaño.

Te esperé y me dije:
-Ahora que lo pienso bien, he tenido que esperarte siempre. En todo cuanto puede cobijar el dolor de un hombre cuando sólo sabe ser cobarde. En los silbidos de la risa que no despega de los labios. En la soledad de un cuarto que todavía tiene el decorado de tu cuerpo. En la medida de tu sombra que husmea en los rincones y empolva los armarios. En los vaivenes de tu inseguridad, los''mood swing", tu corazón de nómada, tu miedo a anclar en un sólo puerto.

Te esperé y no llegaste.
La lluvia cesó de llorarle al destino de los desesperados. El paraguas fue sacudido, la estación del tren sonó el gong de la última  llegada de la noche y con él debió regresar mi cuerpo al mismo lugar, a la  misma calle donde en otro abril lluvioso te dije adiós, talvez para siempre.