Saturday, August 01, 2009



La casa de mis padres era llamada "la casa de los jardines colgantes", por la gran cantidad de plantas, enredaderas y macetas que mi madre colocaba en su interior, las cuales cuidaba con  mucho esmero. Cierta vez, alguien le vino con la noticia de que las plantas respiraban carbono y eran nocivas para la salud si se mantenían dentro de la casa. Así que un día triste, muy triste, decidió sacarlas todas al patio,  y cada vez que sacaba una, le salían lágrimas, pues tenía la certeza que aquel acto era como desprenderse de uno de sus hijos y abandonarlos a la intemperie. Todas las plantas, fueron sacadas, excepto una:   La gardenia. Se la había regalado yo, cuando tenía diez años de edad, un día en que le pedía perdón por haberme tomado dos o tres monedas de su cartera sin su consentimiento. Como mi madre le ponía nombre a todas las plantas, a esta gardenia le llamó "la gran deuda". En una tarjetita en blanco, escribió ese nombre y lo adhirió a la maceta. Al cabo de dos días, encontré una frase adicionada en la maceta: “Las deudas son como cualquier otra trampa en la que es muy fácil caer, pero de la que es dificilísimo salir.” Bernard Shaw. Y ya no estaba ubicada en un rincón de la sala, sino en la mesa del centro. Cada vez que llegaba alguien a visitarnos se fijaba en la gardenia, en el título llamativo y en la ocurrente frase. Cuando le preguntaban a mi madre, sólo les contaba que yo se la había regalado y esa gardenia era un secreto especial entre ambos.

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